Desafíos de la Cuarta
Transformación en materia tecnológica y modelo de gobernanza
La Cuarta Transformación (4T) ha
prometido un cambio profundo en la vida pública del país. Sin embargo, en
materia tecnológica y de gobernanza, los desafíos persisten -y se agravan- a
medida que el aparato gubernamental continúa operando bajo lógicas del siglo
pasado. La inercia burocrática, los pobres resultados institucionales, la
creciente insatisfacción ciudadana y las restricciones presupuestales exigen no
solo un nuevo discurso, sino una transformación real de fondo. Si se desea dar
resultados diferentes, es urgente hacer las cosas de forma diferente, como
aseguraba Einstein.
Es un hecho que la burocracia, la
inoperabilidad, la sobrerregulación y la opacidad, son propicias para aquellos
que buscan corromper la legalidad del sistema, es decir, se vuelve terreno
fértil y propicio, por ello, para llegar a los resultados esperados debemos
actualizar la gestión pública.
Una burocracia paralizante
La administración pública
mexicana sigue operando con procesos fragmentados, redundantes y excesivamente
regulados. La burocracia, lejos de garantizar legalidad y control, se ha
convertido en una trampa que ralentiza decisiones, ahoga la innovación y diluye
la responsabilidad institucional. En muchos casos, los servidores públicos se
ven obligados a cumplir procedimientos sin sentido práctico, únicamente por
cumplir con una norma desactualizada.
Esta rigidez ha limitado la
capacidad del Estado para adaptarse a contextos cambiantes, responder con
agilidad ante crisis o brindar servicios públicos acordes con las expectativas
ciudadanas actuales.
Malos resultados e
insatisfacción social
Los indicadores de desempeño
gubernamental muestran una constante: desconfianza ciudadana, baja calidad en
los servicios, opacidad, corrupción y lentitud. La promesa de un Estado
cercano, transparente y eficiente aún está lejos de cumplirse.
En un contexto donde las personas
interactúan a diario con plataformas privadas ágiles, intuitivas y
personalizadas, el contraste con los servicios gubernamentales -muchos aún
presenciales, impersonales y burocratizados- genera frustración, enojo y una percepción
creciente de ineficiencia.
Carencias presupuestales como
barrera, no como excusa
La falta de recursos ha sido un
argumento recurrente para justificar la falta de innovación. Sin embargo, la
verdadera causa de la ineficiencia gubernamental no es solo presupuestal, sino
estructural. Hay recursos, pero se utilizan mal. Se dispersan, se duplican
esfuerzos, se invierten en soluciones parciales que no dialogan entre sí.
En lugar de replicar viejas
fórmulas, es momento de repensar el modelo completo: reducir costos mediante
simplificación de procesos, interoperabilidad tecnológica y decisiones
estratégicas basadas en datos.
Como parte de mi investigación
doctoral sobre tecnología de punta en la contratación pública, resultó que el
costo de inversión en tecnología y un nuevo modelo de gobernanza se paga solo
si le pegamos al porcentaje de la corrupción e ineficiencia. La formula no
falla y presupuesto para la mejora debe generarse con ahorros, eficiencias y
mejor aplicación del recurso público.
Tecnología de última
generación como palanca de cambio
La tecnología no debe verse como
un accesorio, sino como una condición indispensable para transformar la gestión
pública. Herramientas como inteligencia artificial, blockchain, automatización
robótica de procesos (RPA), analítica avanzada y sistemas interoperables
permiten mejorar la trazabilidad, reducir tiempos, aumentar la transparencia y
brindar servicios centrados en las personas.
Pero la tecnología no opera en el
vacío. Necesita de un ecosistema institucional y normativo que le permita
desplegar todo su potencial. Aquí debemos dar el primer paso con la
construcción de bases de datos que den la posibilidad de hacer analítica avanzada
para toma de decisiones y, darle el soporte a las herramientas propicias.
Hacia un nuevo modelo de
gobernanza
Para que la tecnología transforme
verdaderamente al Estado, es necesario cambiar también la forma en que se
gobierna. Se requiere un modelo de gobernanza que:
- Coloque al ciudadano al centro, no al
procedimiento.
- Integre la toma de decisiones basada en evidencia y
no en intuición política.
- Fomente la colaboración interinstitucional mediante
plataformas tecnológicas comunes.
- Priorice la transparencia, la trazabilidad y la
rendición de cuentas.
Este modelo también exige un
Estado más flexible, que entienda que la desregulación y la mejora regulatoria
no son una amenaza al control, sino un vehículo hacia la eficiencia.
Gestión del cambio y
capacitación: la clave está en las personas
Una transformación real no es
solo digital, es también cultural. Por ello, es indispensable trabajar con el
personal público en su propio proceso de cambio. Capacitar, sensibilizar,
incorporar metodologías ágiles y brindar herramientas prácticas para que el
cambio no sea una carga, sino una oportunidad.
La resistencia no debe ser vista
como un obstáculo insalvable, sino como una señal de que el cambio necesita ser
más empático, más claro y acompañado.
El Estado atrapado en el siglo
XX
Los gobiernos mexicanos,
independientemente del signo político, han arrastrado una inercia burocrática
basada en la lógica del papel, la firma autógrafa y la validación múltiple.
Esta cultura administrativa no solo impide la eficiencia, sino que genera un
entorno de desconfianza, desmotivación interna y maltrato institucional tanto
para los usuarios como para los propios servidores públicos.
A esto se suma el uso de
tecnología obsoleta, sistemas fragmentados, falta de interoperabilidad y
soluciones digitales que responden más a la oferta del proveedor que a las
necesidades del proceso. En lugar de agilizar, muchas tecnologías implementadas
terminan replicando digitalmente la ineficiencia preexistente.
Un escenario posible si todo
sigue igual
Si el gobierno mantiene su
funcionamiento actual -basado en procesos burocráticos redundantes,
infraestructura tecnológica obsoleta, opacidad institucional y resultados
públicos sin impacto tangible- el escenario futuro será preocupante. Entre las
consecuencias más probables se encuentran:
- Mayor erosión de la confianza ciudadana,
especialmente entre jóvenes que esperan servicios digitales ágiles,
transparentes y personalizados.
- Desconexión entre políticas públicas y resultados
sociales, al no contar con datos confiables ni herramientas analíticas
para evaluar impactos.
- Fuga de talento público, por frustración ante
estructuras que impiden innovar o mejorar.
- Crecimiento del gasto ineficiente, debido a la
duplicidad de procesos, contrataciones tecnológicas inadecuadas y mala
planificación.
- Aumento de la corrupción estructural, facilitada
por la opacidad, la discrecionalidad y la ausencia de trazabilidad
tecnológica.
- Aislamiento institucional frente a estándares
internacionales, afectando la competitividad, cooperación internacional y
cumplimiento de compromisos multilaterales.
El Estado corre el riesgo de
volverse irrelevante para una sociedad cada vez más exigente y tecnológica, así
como inoperante ante la globalización y competencia internacional. Y eso no se
soluciona con retórica, sino con acción.
Tecnología y gobernanza:
palancas para revertir el colapso institucional
El panorama anterior no es
inevitable. Existen rutas claras para revertirlo, pero exigen voluntad
política, decisión técnica y liderazgo institucional. En concreto, se requiere:
- Tecnología de última generación al servicio de
procesos, no al revés: inteligencia artificial, blockchain, automatización
y plataformas interoperables.
- Nuevo modelo de gobernanza, centrado en el
ciudadano, basado en evidencia y con enfoque de colaboración horizontal.
- Rediseño de procesos con enfoque en eficiencia,
simplicidad y valor público.
- Desregulación y mejora regulatoria para eliminar
normas obsoletas y habilitar lo digital.
- Gestión del cambio y capacitación continua para
empoderar al personal público como protagonista de la transformación.
La 4T está en deuda en materia de
innovación gubernamental. Si se desea un Estado que funcione, que resuelva y
que recupere la confianza social, se requiere una transformación tecnológica
acompañada de una reforma profunda al modelo de gobernanza.
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